ESG en México: de la estrategia de sostenibilidad a la gestión de riesgos empresariales

ESG en México: de la estrategia de sostenibilidad a la gestión de riesgos empresariales

ESG en México: de la estrategia de sostenibilidad a la gestión de riesgos empresariales

La pregunta útil ya no es si una empresa “tiene ESG”. Es si sabe qué factores ambientales, sociales y de gobernanza pueden afectar su operación, quién los gestiona y qué evidencia sostiene las decisiones.

Los criterios ESG pueden funcionar como una herramienta de gestión cuando conectan obligaciones legales, riesgos operativos, información verificable y gobierno corporativo. El reto no es sumar indicadores, sino identificar qué puede afectar un proyecto, una operación o una decisión empresarial y establecer mecanismos para gestionarlo.

Durante años, ESG —ambiental, social y gobernanza; también ASG en español— se asoció principalmente con reportes de sostenibilidad, compromisos corporativos e indicadores para inversionistas. Esa lectura hoy resulta incompleta. Para una empresa que desarrolla proyectos, opera activos o participa en sectores regulados, los factores ESG también pueden revelar riesgos capaces de afectar permisos, continuidad operativa, relación con comunidades, acceso a información confiable y procesos de decisión.

El cambio de enfoque es relevante: gestionar ESG no significa únicamente comunicar objetivos de sustentabilidad y sostenibilidad. Significa identificar qué factores ambientales, sociales y de gobernanza pueden convertirse en contingencias jurídicas, operativas, financieras o reputacionales, y decidir cómo deben incorporarse a la gestión del negocio.

En México, esta conversación no se concentra en una sola norma denominada “ESG”. Se construye a partir de distintas capas: legislación ambiental y de responsabilidad, obligaciones sectoriales, estándares de divulgación, reglas aplicables a determinados participantes del mercado y procesos de debida diligencia que dependen del tipo de empresa y de sus actividades. Por eso, una estrategia ESG útil debe empezar por el riesgo real de la organización y no por una lista genérica de indicadores.

ESG no es un reporte: es una forma de leer riesgos

Una de las referencias internacionales más relevantes, la NIIF S1 del International Sustainability Standards Board (ISSB), aborda la sostenibilidad precisamente desde la perspectiva de los riesgos y oportunidades que podrían afectar los flujos de efectivo, el acceso al financiamiento o el costo de capital de una entidad. La norma estructura esa lectura alrededor de cuatro áreas: gobernanza, estrategia, gestión de riesgos, y métricas y objetivos.

En México, esa lógica ya tiene una expresión concreta para ciertos participantes del mercado. En marzo de 2026, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) presentó herramientas para apoyar a emisoras en el cumplimiento de las obligaciones de divulgación en materia de sostenibilidad previstas en la Circular Única de Emisoras, con referencia a las NIIF S1 y S2. De forma paralela, el Consejo Mexicano de Normas de Información Financiera y de Sostenibilidad (CINIF) cuenta con las Normas de Información de Sostenibilidad NIS A-1 y NIS B-1.

Esto no significa que todas las empresas mexicanas tengan exactamente las mismas obligaciones de reporte ESG. El alcance debe revisarse según la naturaleza de la entidad, el marco contable aplicable, su condición regulatoria, el sector y la operación. Lo relevante es la dirección que muestran estos marcos: la sostenibilidad se está conectando cada vez más con información verificable, procesos de gobierno y sistemas formales de gestión de riesgos.

Para una empresa, la pregunta útil deja de ser “¿tenemos una estrategia ESG?” y pasa a ser “¿sabemos qué factores ESG pueden alterar la viabilidad de nuestro negocio y quién está encargado de gestionarlos?”.

Tres dimensiones, una sola lectura de riesgo

Separar ESG en tres letras es útil para ordenar el análisis, pero los problemas relevantes rara vez permanecen dentro de una sola categoría. Un permiso ambiental puede afectar el calendario financiero; una controversia social puede modificar la operación; una falla de gobernanza puede volver inconsistente la información que la empresa utiliza para reportar o decidir.

En materia ambiental, una parte importante del riesgo ESG ya puede estar vinculada con obligaciones jurídicas concretas. La LGEEPA, la Ley Federal de Responsabilidad Ambiental y otros ordenamientos federales, estatales y sectoriales regulan materias como impacto ambiental, emisiones, residuos, agua, aprovechamiento de recursos naturales, restauración y responsabilidad por daño ambiental.

La aplicabilidad depende del proyecto, actividad, ubicación y jurisdicción. Por eso, un indicador ambiental no debería existir sólo porque aparece en un estándar: debe responder a qué aspecto puede afectar autorización, construcción, operación, expansión o cierre.

El componente social puede incidir directamente en la continuidad de un proyecto. La relación con comunidades, los impactos sobre grupos de interés, derechos humanos, condiciones territoriales y mecanismos de respuesta pueden modificar el nivel de exposición.

No existe un procedimiento social idéntico para todas las empresas. En proyectos donde resulte aplicable, herramientas como las Evaluaciones de Impacto Social (EVIS) pueden formar parte de esta lectura. En junio de 2026, la Secretaría de Economía inició la consulta pública de la Política Nacional de Derechos Humanos y Empresas; al tratarse de un proceso en construcción, no debe presentarse como una obligación general ya exigible para todas las empresas.

La gobernanza convierte el análisis ambiental y social en un sistema de decisión. Si no existe claridad sobre quién identifica riesgos, quién valida información, quién autoriza decisiones y cómo se escalan desviaciones, la estrategia pierde capacidad operativa.

La función de la “G” no es añadir otra lista de políticas. Es hacer trazable el proceso por el cual una organización conoce un riesgo, determina su respuesta, conserva evidencia y revisa si la medida sigue siendo adecuada.

Gobernanza: quién decide, quién verifica y quién responde

Una empresa puede contar con políticas de sostenibilidad y objetivos públicos, pero si no existe claridad sobre responsabilidades y evidencia, la distancia entre lo que declara y lo que puede demostrar se vuelve un riesgo en sí misma.

01 Responsabilidad

Definir qué áreas y qué nivel de dirección supervisan cada riesgo relevante.

02 Información

Establecer qué datos se requieren, de dónde provienen y quién valida su calidad.

03 Decisión

Determinar qué riesgos requieren intervención operativa, jurídica, financiera o del consejo.

04 Evidencia

Conservar documentación suficiente para reconstruir qué se hizo, cuándo y bajo qué criterio.

05 Seguimiento

Revisar si el riesgo cambió, si los controles siguen siendo adecuados y si la información reportada continúa representando la operación real.

En materia ambiental, esa gobernanza debería conectarse con autorizaciones, estudios, programas de cumplimiento, monitoreos, bitácoras, permisos, condicionantes, contratos y mecanismos internos de supervisión. Ahí es donde la estrategia ESG se cruza directamente con la ejecución de servicios ambientales y de cumplimiento aplicado.

De una matriz ESG genérica a un mapa de riesgos del proyecto

El error de muchas estrategias ESG es empezar con un catálogo de indicadores antes de entender el negocio. Para proyectos de infraestructura, energía, turismo, industria, minería, desarrollos inmobiliarios o actividades con interacción relevante con recursos naturales y comunidades, el orden debería ser el contrario.

Primero se analiza el proyecto. Después se determinan los factores ESG materiales.

1

Planeación

¿El sitio, el diseño y el modelo operativo son compatibles con restricciones ambientales, sociales y territoriales aplicables?

2

Autorización

¿Los permisos y estudios describen correctamente el proyecto que realmente se pretende ejecutar?

3

Construcción

¿Las obligaciones ambientales y sociales están traducidas a responsables, contratos, presupuestos y controles de obra?

4

Operación

¿La empresa genera evidencia consistente de cumplimiento y desempeño, o depende de información fragmentada entre áreas?

5

Modificación

¿Los cambios fueron evaluados antes de ejecutarse y se determinó si requieren nuevas autorizaciones, avisos o controles?

6

Cierre

¿Existen obligaciones de restauración, remediación, abandono, gestión social o continuidad que deban presupuestarse y documentarse?

Este enfoque evita tratar ESG como una capa paralela al negocio. Lo incorpora dentro de las decisiones que ya determinan si un proyecto puede avanzar y sostenerse.

Cinco preguntas que una empresa debería poder responder

Una estrategia ESG orientada a riesgo debería permitir responder, con evidencia, al menos estas preguntas.

Autodiagnóstico de trazabilidad

  • Podemos identificar cuáles factores ambientales, sociales y de gobernanza pueden afectar realmente nuestra operación o proyectos.
  • Distinguimos cuáles factores corresponden a obligaciones legales y cuáles a estándares, compromisos corporativos o expectativas de terceros.
  • Sabemos quién es responsable de cada riesgo y qué información utiliza para tomar decisiones.
  • Podemos demostrar, con documentos y datos consistentes, que los controles definidos están funcionando.
  • La información que comunicamos sobre sostenibilidad coincide con lo que ocurre en la operación.

Este recurso es únicamente orientativo. La respuesta afirmativa o negativa a estas preguntas no determina por sí sola cumplimiento jurídico, suficiencia de controles ni materialidad ESG.

La última pregunta merece atención especial. A medida que los sistemas de divulgación de sostenibilidad se vuelven más estructurados, la calidad y trazabilidad de la información adquieren mayor relevancia. El reporte no debería ser el punto donde una empresa descubre sus riesgos, sino el resultado de un sistema que ya los identifica y gestiona.

ESG como infraestructura de decisión

Para empresas y proyectos regulados, la utilidad de ESG no está en acumular compromisos. Está en construir una lectura integrada de aquello que puede afectar la continuidad, el valor y la capacidad de ejecución del negocio.

Eso exige distinguir entre obligaciones jurídicas, estándares de divulgación y objetivos voluntarios; conectar información ambiental y social con decisiones corporativas; y diseñar mecanismos de seguimiento que produzcan evidencia útil tanto para la operación como para procesos de auditoría, debida diligencia o reporte.

En Bustamante + Freyre, el análisis de proyectos parte de una lectura jurídica, técnica y social integrada. Aplicada a ESG, esa lógica permite pasar de indicadores aislados a una matriz de riesgos vinculada con permisos, operación, territorio, comunidades y procesos internos de decisión. El despacho se presenta actualmente como un equipo de distintas disciplinas con experiencia en materias regulatorias, ambientales y sociales, una estructura coherente con este tipo de análisis integrado.

No existe una matriz universal. El alcance debe definirse según el sector, la ubicación, la etapa del proyecto, las obligaciones regulatorias y la estructura de cada empresa. Ese diagnóstico es el punto de partida para que ESG funcione como una herramienta de gestión y no únicamente como una narrativa de sostenibilidad.

Cuando el riesgo ESG necesita aterrizarse a un proyecto concreto

El siguiente paso es revisar el marco aplicable, la etapa de la operación y la evidencia disponible para separar obligaciones, riesgos y decisiones materiales.